martes, 17 de abril de 2018

Mola

Es injusto que una carrera brillante te deje mal sabor de boca y algo así pasó con aquel fallido intento de conexión con las nuevas generaciones llamado “Mola mazo” que dio tanta vergüenza ajena al escucharlo como cuando algún familiar de cierta edad te suelta  “vas a dar un voltio” o “guay del Paraguay” y no sabes dónde meterte.
Uno vale lo que su obra completa y no hay que juzgar por un pequeño patinazo. Así que hace poco, debido a ciertas coincidencias, decidí bucear un poco en la discografía de nuestro alcoyano universal, ese Camilo que hizo realidad eso de la ‘fe en tus posibilidades’ que tanto se asocia a su ciudad.
De allí salió bien joven dispuesto a comerse el mundo con ‘Los Dayson’ en un Madrid sesentero donde se adivinaban colores tras tanto blanco y negro. Como mandan los cánones – los triunfitos poco saben de eso – pasó momentos de miseria, alternados con golpes de suerte como sus apariciones en algunos films de la época, “Los chicos del Preu” o “Hamelin”, ya como voz cantante en ‘Los Botines’.
Punto de inflexión fue su mili, en la que recaló en nuestra Almería. Cuentan los veteranos que algunos fines de semana acudía a la terraza del Club Náutico y los ‘Teddy Boys’ le invitaban a cantar “Please release me”.
Tras el parón militar su suerte cambió de un brinco: Juan Pardo reparó en él y lo puso en la órbita musical del momento. No solo era una buena voz y una cara bonita – las féminas se lo rifaban – también tenía talento para la composición. De su mente surgieron éxitos que han pasado a la historia de la música melódica en castellano: “Algo de mí”, “Quieres ser mi amante”, “Jamás”, la deliciosa “Melina” o ese himno llamado “Vivir así es morir de amor”. Hito en su carrera fue la aventura ‘superstar’, arriesgando en lo artístico y en lo económico cuando en nuestro país no había más musicales que las revistas de Lina Morgan. Con la ayuda de Teddy Bautista dejó para la historia unas representaciones y una grabación alabadas por el propio Lloyd Webber
Voz fascinante, talento para contar el amor, actitud y profesionalidad impecables en los directos – nuestro Chipo da fe, que se lo cruzó más de una vez por los escenarios -  y, por supuesto, su buena planta, hicieron de Camilo una súper estrella en los 70. El agotamiento, su paternidad y algunas “movidas” – las musicales y alguna personal - apagaron su estrella poco a poco en esta España que tan poco aprecia lo suyo. En su segundo disco – quizás mi favorito – decía ser “Solo un hombre”. Creo que fue algo más, así que dejad a un lado los prejuicios y escuchadlo con tranquilidad. Os vais a sorprender.

martes, 10 de abril de 2018

Nos vamos de celebración


Eran días de continuos descubrimientos musicales aquellos inicios del ya lamentablemente extinto festival de jazz de nuestra ciudad. En sus primeras ediciones se concentraban en tres jornadas todas las posibilidadesde deleitarnos con grandes músicos de calado internacional que se dejaban caer por un Cervantes que aún no había tocado fondo y vuelto a resurgir.
Ese 1987 fue el mismo en que un bluesman de faz demoniaca llamado Albert Collins nos dejó con la boca abierta saliendo hasta El Paseo guitarra en ristre. Pero un par de días antes dos sencillos guitarristas nos ‘volaron la cabeza’ a más de uno en las butacas de nuestro querido teatro.
Esa  noche yoiba con la intención de disfrutar del guitarrista de moda en el jazz-rock, John Scofield, pero me di de bruces con una sorpresa y que la música te pille desprevenido es una de las sensaciones mássatisfactorias de la vida del melómano. Y ocurrió con Eduardo Niebla y Antonio Forcione, unos músicos desconocidos para un aficionado al jazz de provincias. Armados solo con dos guitarras acústicas esa pareja me iban a dejar tan impresionado que el concierto de Scofield me supo a poco.
Recuerdo con claridad el prístino sonido que sacaban de esas doce cuerdas, que no solo usaban como guitarras, sino también como bajos o instrumentosde percusión, aderezando algunas interpretaciones con suaves sonidos sintetizados que, en su justa medida, daban un toque más mágico. Por momentos mehacían recordar al mejor Django y en otros se escoraban hacia los sonidos flamencos o la fusión con otras músicas étnicas, todo ello puesto al servicio de una elaborada técnica, dominio de la improvisación y una complicidad sorprendente entre ambos.
Vivamos en una Almería culturalmente muy  aislada y para encontrar su último L.P., una joya llamada “Celebration”, aproveché una estancia en la capitalrecorriendo algunas tiendashasta que lo pesqué en Ríos Rosas.La cafetería Gladys programó algún que otro conciertoy pocos años después repitieron allí, pero desde entonces no hemos tenido la suerte de volver a acogerlos. Hoy en día no continúan como dúo, aunque permanecen en activo con interesantes carreras.
De ese último concierto mi buen amigo Jose María encontró no hace mucho el pequeño programa de mano y, como si hechicería telepática se tratase, días después le sorprendí yo desde Candil con el especial dedicado a este disco.
Sicierro los ojos y pienso en esos días de mocedad jazzística siempre me viene a la cabeza una de las composiciones másmíticas de esta pareja: ‘For Vic’. Y escuchar esa canciónsí que es una auténtica celebración.

martes, 3 de abril de 2018

Inspirados por la sequía



No hace mucho hablaba del prog-rock como algo lejano al españolito de ‘a pie’. Pocas son las bandas patrias que se aventuran en esos terrenos porque, como en los jazzísticos, no es suficiente con voluntad e imaginación, también hay que dominar los instrumentos. Pero tiene que haber excepciones que confirmen la regla y precisamente de una ciudad que, como la nuestra, cuenta con un rio que no lleva agua surge una banda a la que, para darle algo más de lustre, sus fundadores deciden optar por la lengua de Shakespeare y llamarla Dry River.
En sus tres trabajos en estudio hasta la fecha demuestran un virtuosismo apabullante, una imaginación desbordante y, para completar el cuadro, un particular sentido del humor. Empezaron acercándose a un mundo de payasos y trapecistas con ‘El circo de la tierra (2011)’, continuaron analizando - a su manera - las relaciones de pareja en su fabuloso ‘Quien Tenga Algo Que Decir... Que Calle Para Siempre (2014)’ pero el "puñetazo en la mesa" a nivel musical lo han dado con una historia de viajes en el tiempo llamada ‘2038’.
Inspirados al ver a los viejos Zeppelin en la ceremonia del Kennedy Center Honors recibiendo un homenaje y emocionándose como los ancianitos que ya son, estos castellonenses bromean con la situación hasta el punto de caracterizarse ellos mismos de abueletes recibiendo su propio homenaje treinta años después. Esta es la excusa para elaborar una de las producciones del rock patrio más impresionantes y contundentes que he podido escuchar en los últimos años. Dry River son capaces de incluir, dentro de un mismo tema, aromas a Queen, Pink Floyd, Dream Theater, Asfalto o Bloque, y mezclarlo todo con toques de metal, AOR, swing, soul o, y que dios los perdone, pop.
Con esos ingredientes desarrollan temas tan impresionantes como el inicial ‘Perder el norte’, el épico canto guerrero llamado ‘Peán’,  mezclan puro metal con un estribillo pop en ‘Rómpelo’  o hacen concesión a la comercialidad desde la ironía – puristas abstenerse - con su ‘Me pone a cien’. Si nos ponemos tiernos también cuentan con joyas como ‘Al otro lado’, un intento de blues que se les va de las manos transformándose en puro soul sinfónico que hubiese hecho las delicias del mismísimo Mercury. Y dejo para el final la power ballad más intensa que he escuchado en mucho tiempo, ‘Me va a faltar el aire’, donde su cantante, Angel Belinchón – a quien no importa que se le encuentren similitudes vocales con cierto alcoyano universal - , pone toda la carne en el asador. Me resta – aunque me consta - comprobar la contundencia y genialidad de su directo, así que espero que no tengamos que esperar treinta años en nuestra ciudad para que el "Riu sec" se mezcle con nuestro Andarax.

martes, 20 de marzo de 2018

De reyes y flores


En el continuo debate en nuestro país sobre república o monarquía, hoy me voy a inclinar por lo segundo. Pero no me refiero a reyes terrenales, que pocos méritos suelen hacer para conservar sus puestos. La realeza musical es diferente, y os cuento.
En las postrimerías de los años 60 nació un estilo musical que iba a dar mucho que hablar durante cierto tiempo para después caer un poco en el olvido colectivo, quedándonos solo unos pocos locos repartidos por el mundo como seguidores incombustibles de esas músicas tan peculiares, esas canciones que no se rigen por las previsibles estrofas, estribillo, solo y final. En España, que siempre somos algo especialitos, lo bautizamos como rock sinfónico, aunque en el mundo anglosajón fue y sigue siendo más conocido por prog-rock o art rock. Realmente la etiqueta es lo de menos, lo interesante es el contenido.
Los años 80 acabaron prácticamente con esa maravillosa música, demasiado compleja y sensible para que las masas de esa "década maravillosa" pudiesen detenerse a paladearla, totalmente doblegados a lo facilón saturado de ecos, cardados y hombreras. Hasta las grandes bandas del género - dinosaurios se les llamaba - como Genesis, Camel o Yes - tuvieron que alinearse cerca del enemigo e insuflar tintes comerciales a sus discos ochenteros. Eso ya no era progresivo, era otra cosa.
A partir de ese momento solo los valientes se atrevieron a continuar por esta senda. Ya no llenaban estadios, ya no eran rock-stars, pero durante décadas han ido surgiendo bandas que han mantenido la tradición del progresivo y además han aportado nuevos enfoques y sonidos al género. Hace poco en mi taberna radiofónica pinché un buen ejemplo de muy monárquico nombre: The Flower King de Roine Stolt.
En los 90, tras algunas otras experiencias previas como Kaipa - toda una banda de culto-, este sueco graba un mágico disco cuyo título dio lugar inmediatamente después a una de las bandas fundamentales del progresivo contemporáneo.
Todo un hombre orquesta, gran compositor, guitarrista excepcional, teclista y cantante más que aceptable, Roine es capaz de, años después del boom del sinfonismo en el rock, hacernos cerrar los ojos y soñar con la belleza de la música. Todo ello sin plagiar ni imitar, aportando nuevas composiciones, desde la fabulosa y optimista homónima, pasando por las tremendamente progresivas - los Emerson, Lake and Palmer seguro que planeaban por su mente - 'The sounds of violence' o 'The magic Circus of  zeb', la preciosa balada ‘kingcrimsoniana’ que es ‘Close your eyes’ o la extensa suite –algo que nos chifla a los ‘proggers’- titulada ‘Hummanizzimo’.
Pues sí, el Rey de las flores llegó para maravillarnos, para cautivarnos con su música y para quedarse. Con estas monarquías si me quedo yo, para que os voy a engañar.

martes, 6 de marzo de 2018

Escuchar el cine

Los músicos, como los cómicos, recorremos leguas y hacemos camino al tocar. Y con el guitarrista almeriense Antonio Gómez un servidor ha disfrutado de algunas carreteras y unos cuantos escenarios. Y hemos alternando teatros y auditorios con esos otros “bolos alimenticios”, que es como él - con su particular e ingenioso humor - siempre denomina a esas amenizaciones musicales que, sin ser artísticamente las más satisfactorias, suelen ser las que más y mejor llenan la despensa del artista. Y en más de uno y de dos se nos requería tocar “algo de películas”.
Y así la mente inquieta de Gómez que, bajo su apariencia serena y tranquila, siempre está en ebullición, comenzó a concebir hace más de diez años el proyecto que acaba de ser alumbrado justo ahora por unos focos muy cinematográficos.
Antonio, como buen cocinero musical, tiene habilidad para mezclar cientos de ingredientes y dar con el sabor exacto con el que paladear cada melodía. La materia prima era excepcional pero, por otra parte, todo un reto, porque adaptar a combos y formas jazzísticas esas magnas obras del sinfonismo cinematográfico surgidas de la mente de los Williams, Mancini, Rota, Bernstein o Morricone no es una tarea fácil, y puede caerse en el cliché y acabar sonando a orquesta de Ray Conniff, con todos mis respetos, que tampoco estaba nada mal.
No es el caso. Cada versión, cada arreglo, cada adaptación está pensada, repensada – llevan una década cociéndose, os recuerdo – y bien madurada, para que este menú de cine pueda ser servido con la convicción de la originalidad más absoluta, y con el sello inconfundible de la guitarra y la forma de arreglar de Don Antonio.
Después de probar con Cine et swing – título muy EGB – o Melodías de AluCine, ha tenido que ser otro genio, Javier Ruibal, el que ha sugerido el definitivo “Lights, camera, version” con el que al final sale al mundo el retoño discográfico.
La flauta de Jorge Pardo en unas bulerías “por Jones”, la de Santi Ibarretxe en un ya mítico felino de color de rosa – cuantos conciertos no hemos acabado con ese inconfundible funk – la batería del malogrado Kim Plainfield aportando swing y poderío a la marcha de Dart Vader, el rotundo contrabajo de Guillermo Morente junto al lastimero violonchelo de Octavio Santos homenajeando a Haden y recordando la famosa lista de Schindler, y muchos otros grandes músicos entre los que se cuela modestamente hasta un servidor con un sencillo piano para un vehículo fantástico llamado Kitt.
En esta semana en la que precisamente en Hollywood acaban de hacer reparto de las estatuillas del tío Oscar, mi recomendación no es otra que esta: comprad más palomitas, recostaos en la butaca y dejaos llevar por lo nuevo de Antonio Gómez, una forma diferente de escuchar el cine.

martes, 27 de febrero de 2018

De Kansas a Oregón

Unos mil quinientos kilómetros separan a Kansas de Oregón. Dos estados del actual reino de Trump. Uno situado en esa América profunda tan bien reflejada por los Cohen en el cine, esa que a veces nos inquieta aún más que nuestras propias miserias nacionales. El otro en la costa del Pacífico.
Son muchas las bandas norteamericanas que, demostrando esa normalidad en el patriotismo de la que nosotros carecemos, adoptan como nombre el de su estado de procedencia. Y es el caso que nos ocupa, porque de estos estados nacieron dos propuestas musicales muy diferentes entre sí. O quizás no tanto.

No hace mucho sonaron en La Taberna los de la banda de Topeka, aquellos que conquistaron el mundo con su sencillo "Dust in the Wind". Pero Kansas son mucho más que ‘polvo en el viento’. Son una banda que desde su primer disco, allá por 1974, dejaron claro que lo suyo era hacer rock progresivo clásico, como sus entonces admirados Genesis o Yes. Pero, eso sí, con un toque americano. Y tanto se notaba que alguien dijo de ellos que eran una perfecta mezcla entre King Crimson y los Allman Brothers. Desde su debut, hasta su reciente "The prelude implicit", no han dejado de ofrecer música de calidad, aunque mi corazoncito está con sus primeros discos, sobre todo su homónimo debut. 'Lonely Wind' es una balada que nada tiene que envidiar a su ventoso hit posterior, y mini suites como 'Journey from Mariabronn', 'Aperçu' o 'Death of mother nature suite' confirmaban el potencial de lo que estaba por llegar.

Los Oregon, sin embargo, caminan por la senda de la improvisación y de ahí que hayan sonado en mi taberna jazzística. De inicios tan acústicos como experimentales, dejaban claro su procedencia del Paul Winter Consort, mítica formación que pudimos disfrutar en el Cervantes en aquel recordado festival de música New Age del noventa y dos. Alguna de sus canciones grabadas en Almería incluso se editaron en su siguiente directo, ‘Spanish Angel’. Pero esa es otra historia, que contaré más adelante. Volviendo a Oregon, mezclan sabiamente el jazz con la música de cámara, aderezando todo con diversos sonidos étnicos, primando lo oriental. Cierto es que a partir de los ochenta añaden la electrónica, pero con mesura y elegancia, hecho bastante sorprendente en esa década. No tengáis prisa al escucharlos, hay que dejarse llevar. Es música para poner en ella los cinco sentidos e incluso alguno más. Oregon (ECM 1983) - con  la envolvente ‘The Rapids’, o la relajante ‘Taos’ – y  Crossing (ECM 1984) – con la deliciosa ‘Pepe Linque’ o la misteriosa ‘Alpenbridge’ -  fueron mis primeros vinilos de la banda y siempre ocuparán un lugar de privilegio en mi discoteca.
Kansas y Oregón para mí son dos estados mentales, dos estados muy musicales.


sábado, 24 de febrero de 2018

Italia en clave de Dalma

Un abarrotado Auditorio de El Ejido disfrutó el pasado domingo con una exquisita selección de la mejor música melódica italiana interpretada por Sergio Dalma.

 En la música ligera uno tiene más fobias que filias. De los 70 y 80 me quedo con Perales, pero si alguien me llamó la atención en los noventa fue ese catalán que logró escapar del habitual ridículo eurovisivo dejándonos en buen lugar, un digno cuarto puesto con aquel original de Seijas y Gómez Escolar llamado "Bailar pegados". Hizo menos daño a su carrera que haber ganado y así Sergio Dalma, tras ese estallido de fama ha conseguido mantener el tipo sin caer en el ridículo ni, más importante para un artista, en el olvido. Pero su carrera no había vuelto a brillar tanto hasta que encaró el proyecto, transformado en trilogía, de recrear las canciones más representativas de la música melódica italiana. Su voz, con la aspereza justa, era ideal para poner al día unas canciones que ya son eternas. En el 2011 disfruté de la presentación del primer "Via Dalma" y no dudé un momento en acudir a la puesta en escena del tercero en el Auditorio de El Ejido. Vayamos al concierto. Un viejo aparato de radio de válvulas en un lateral del escenario acompañó a ese familiar soniquete recorriendo un dial plagado de voces en italiano. Sonido de onda media y una oscuridad en la que se intuían movimientos de la banda colocándose en sus marcas. Una voz a lo lejos comenzó a cantar el clásico de Lucio Dalla "Toda la vida" para, segundos después, mutar a un sonido nítido y en su justo volumen y toda una explosión de elegante iluminación. La cosa empezaba bien. Una banda bien engrasada lleva tiempo dando soporte al de Sabadell, con la incorporación de la estupenda Alicia Araque en coros y percusión y Javi Arpa en guitarras. Su vieja guardia la componen el batería Cristian Constantini, el guitarrista Jorge D´amico, el bajista José Vera y Miguel Ángel Collado como director musical y teclista, cohesionándolo todo. El país transalpino protagonizó el primer bloque con temas como "Necesito un amigo" de Venditti, "Solo Tu" de los Matia Bazar y la preciosa "Mía" de Cotugno, ganándose al público de inmediato. Sergio se desvive por sus fans. Durante el transcurrir de las canciones no duda un segundo en posar para un "selfie" tras otro. Parece disfrutar de lo que hace. De sorpresa me cogió el acelerado arreglo del "Te amo" de Tozzi, consiguiendo levantar al publico con un tema pensado para suaves retozos en la oscuridad. Continuó desgranando sus tres "vías" con clásicos como "El mundo", "Bella sin alma" de Cocciante y otra nueva explosión de energía con "Tu", el segundo Tozzi de la noche. Momento íntimo, en emotivo dúo con Alicia, para esa gran balada de Baglioni que es "Sábado por la tarde", sonidos sesenteros en su versión del clásico de Donaggio "Yo que no vivo sin ti" y swing en el “Volare” de Modugno. De Cotugno, al que conoció en sus inicios, hizo doblete con "Amores", empleando temas menores - "Sera porque te amo" o "Yo no te pido la luna" -, como transición hacia su repertorio propio, la parte más pop del recital. "Esa chica es mía" - en una bonita versión acústica -, su gran hit "Bailar pegados" - nuevo arreglo armónicamente mejorado- , "A buena hora", "Tu y yo", "Recuerdo crónico", "La buena suerte" o "La vida empieza hoy" hicieron disfrutar a sus fans más fieles. Como guinda otro clásico de Tozzi, “Gloria”, y no se hizo rogar para los bises, encabezados por "Morir de amores", enlazando con el single "Ese amor no se toca" y la apoteosis final con su segundo gran clásico, "Galilea". Resumiendo, un concierto divertido de factura técnica impecable, estratégicamente planificado para no aburrir un solo segundo, con un carismático Dalma llenando el escenario pero cediendo protagonismo a todo su equipo, a los que presentó uno por uno, sacando a saludar hasta a sus técnicos de iluminación y sonido. Durante esas dos horas me vino a la cabeza un comentario de mi buen amigo Ivan Navas, de "Casino Boogie", devoto fan de esos míticos "The Faces" de un tal Rod Stewart: Si Dalma se hubiese decantado por el rock, hoy en día estaríamos hablando de uno de los mejores del género. Razón no le falta.
 Ramón García es pianista, compositor y arreglista de Almería. Más en ramongarciamusic.blogspot.com